Historias…

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Estoy en Lima, capital de virreinato del Perú. Ahora leo como un inglés, Don John Elliot, escribe sobre la colonización de América. Él dice que los “colonizadores” llegaron primero al sur porque la organización social de los “indios” de allí era más afín a los intereses europeos, que la de los salvajes y aguerridos del “icy north”, y que a pesar de “indios”, tenían grandes habilidades “agrícolas, artísticas y artesanales”. América representaba para los colonizadores bienestar, “wealth” dice él. Oro y plata, plata y oro. De Atahualpa, por ejemplo, Don Francisco Pizarro pudo obtener 1.326. 539 pesos de oro y 51.600 marcas de plata. Evidencia irrefutable del fabuloso “wealth” que los animaba a ir al sur de América. Él no cuenta que a pesar de que Atahualpa logró juntar todo ese metal para que le respetaran su vida, el “conquistador” lo asesinó, inclemente, desleal, a garrote lo mató, a garrote. Mató todas sus ramas, quiso desaparecer todo su legado. Pero matar y descuartizar, no sirvió para que las palabras proféticas pronunciadas por sus seguidores hoy retumben: Volveré y seré millones… volveré.

Don Elliot, yo leo hoy esa historia que usted escribe, refugiada en un cuartito en Lima. Estoy cerca del Cuzco, lugar donde ocurrió ese paraje de la historia con el que usted quiere justificar la epopeya de los “colonizadores”: La búsqueda del increíble “wealth”; pero que yo, y millones como yo, sabemos que no es más una muestra de la mezquindad, violencia, frialdad, y maldad, no de los “colonizadores” como usted los llama sino de los invasores. No somos colonias como su libro dice, no lo somos. Somos territorios invadidos, violentados, despojados. Por más de 500 años hemos sido explotados sin pausa, sin tregua aplastados. Y no digo que seamos inocentes víctimas, no. Lo que digo es que la llegada violenta y abusiva del imperio cambio para siempre nuestro destino relegándonos al papel de servir, proveer, entregar; a ustedes y a sus vástagos, élites que también nos desangran.

Don Eliot, yo voy a leer su libro porque estoy haciendo una maestría en una universidad del Norte, porque lo necesito… o porque mi “colonizada” mente piensa que lo necesita. Le voy a recitar a la profesora lo que usted escribe intentando parecer neutra, insensible, sensata. Pero usted y yo sabemos la verdad: No puede haber neutralidad al contar la historia. Usted cuenta la historia desde su trinchera. Usted muestra cuanto “wealth” representaba América para los colonizadores, porque es lo que su corazón puede ver. Yo, y miles como yo, contamos los siglos de despojo, de crimen, de invasión. Yo cuento la historia desde mi trinchera, la cuento con mi pluma. Su pluma es de hombre blanco, wealthy, heredero del invasor. La mía es de mujer de colores, fruto de la invasión, hija ilegitima del invasor. Esos, sus padres invadieron estas tierras. Sus tatarabuelos vieron en mi tierra ese “wealth” del que usted habla. Ellos se llevaron el oro y la plata de Atahualpa. Mis madres soportaron la violaciones de sus padres. Mis madres indígenas, soportaron altivamente desde la punta del “icy north” hasta el sur de fuego, el peso de la historia que usted ahora escribe. Mis madres incas, nahualts, mapuches, chibchas aguantaron; por eso yo estoy acá, releyendo la historia que usted escribe, deconstruyendola, desmintiéndola.

No hubo ninguna colonización, no la hubo. Unos imperios violentos, y capitalistas, que usted insiste en llamar “mother countries”, necesitaban más recursos y nuevos mercados para sus basuras, entonces vinieron a invadir nuestras tierras. Masacraron a nuestros hombres, violaron a nuestras madres, nos transmitieron enfermedades y cuando nuestra mano de obra les fue insuficiente obligaron a nuestros hermanos africanos a venir como esclavos a servirles. Los trajeron a compartir nuestro triste destino, y se aseguraron que desde muy temprano nos vieran como sus enemigos porque sabían que si hacíamos alianzas podríamos ser más fuertes que ustedes. Ese patrón no ha cambiado mucho desde entonces, ahora ustedes nos mandan Coca-Colas, nos patentan nuestras propias semillas, nos folclorizan si profesamos alguna de nuestras tradiciones, y no contentos con eso, generan las condiciones para ponernos unos contra otros, hermanos contra hermanos; todavía en el “icy north”, usted y yo sabemos, cuantos problemas y conflictos hay entre los hijos de los esclavos africanos y de los “indios” del sur.

Don Elliot, no somos un “fragmento inmovilizado” de Europa, como Hartz dice, no lo somos. Somos un pueblo invadido que ha resistido al exterminio con miles de estrategias. Nos hemos mestizado, aculturizado, catolizado. Todo por permanecer, todo por seguir, todo por existir. El norte de América no cumple la tal “frontier hypotesis”, como dice Jackson Turner, no. No fue la “frontier” lo que los estimuló a los “americanos del norte” a formar ese carácter “individualista e inventivo”. Esos “americanos” de los que usted habla nos son más que europeos que aburridos de ser señalados en su tierra, o por su religión o por su cultura, se fueron a invadir otros espacios exterminando en su mayoría a los “indios del icy north”, que habitaban las tierras que ellos se tomaron. Los pocos que quedaron han sido relegados, rechazados, desplazados, ignorados. Hoy, el pueblo nativo-norteamericano, digno y combativo, vive en los guetos, en los estados más pobres: New México, South Dakota, Oklahoma. Sus genes están esparcidos en mestizos que consiente o inconscientemente los cargan. Porque el invasor no quiso mezclarse, no quiso ensuciar su sangre, pero usted y yo sabemos que uno que otro tuvo su desliz. Ellos también han resistido. Ellos tampoco han olvidado que desde 1600 su territorio fue invadido.

Esa historia que usted cuenta y que yo hoy tengo que leer es falsa. Usted la escribe cegado por la luz de su trinchera: triunfo, poder, academicismo, capital. Yo desde la mía escribo y quiero que sepa que imitando la nobleza y altivez de mis madres no lo odio, no puedo odiarlo porque para nuestra gracia o desgracia somos hermanos. Usted lo sabe aunque no lo escribe en su libro. Yo si lo escribo en mi panfleto y le recuerdo hermano: Hemos resistido más de 500 años de invasión, lo seguiremos haciendo, y le juro que un día habrá justicia. Usted, los suyos y todo lo representan dejaran de oprimirnos, dejaran de drenar nuestras riquezas, entenderán que las pobrezas del alma no se calman ni con oro ni con plata. Un día habrá justicia y equidad, un día gracias a la justicia nos miraremos a los ojos como iguales. Ese día va a llegar los dos lo sabemos. Llegara el día en que al calor de las luchas y las reflexiones conseguiremos que ustedes nos devuelvan lo que es nuestro: nuestra riqueza, nuestro territorio, nuestra identidad, nuestro destino. Ese día hermano mío, hombre, blanco, wealthy, académico duro, ese día, usted y yo con todos nuestros hermanos y hermanas podremos sentarnos en un ambiente de perdón y amor, y a miles de manos y de voces, reescribir y recontar esta: Nuestra historia.

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