Cuento: De homonimias y otras subrealidades.

tomada de: http://us.123rf.com/400wm/400/400/reddogs/reddogs0804/reddogs080400012/2942375-elegante-pluma-estilografica.jpg
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De homonimias y otras subrealidades.

En la banca del reclusorio estaba sentado Ciro Díaz Pérez. Le dolían las costillas, una ceja le sangraba y el sueño no dormido le hacía doler la cabeza. Llevaba dos días de interrogatorio y el sonido de tantas palabras extrañas lo tenían con nausea crónica. Mientras trataba de rememorar lo que le habían dicho, una gotera de agua caía inclemente en el baño continuo impidiendo su concentración. Vaya si eran rudos los kaxlanes cuando se lo proponían, por dos días seguidos le habían preguntado lo mismo. – No tengo camioneta…no se manejar… vivo en Solistahuacan… tengo 43 años…nací el 33 de enero. Tal vez eso era lo que no les había gustado, los números en español eran bien complicados, más aun las fechas, ahora que reflexionaba recordó que no hay 33 de ningún mes… o tal vez sí, pero seguro de enero no… de ser así no tendría porque estar ahí. – No conozco a ningún Pascual, tampoco a Domingo Santiz… no, no los mate…nunca he estado allá le digo… ¿cómo se llama? ¿La Cande qué?… no, no he estado nunca allá. Eso era lo único que inventariaba por ahora, pero por Dios que dolor de cabeza y esa gotera taladrante le tenía exaltados los nervios.

El tiempo pasaba y ahora también le dolían las tripas, sin duda era hambre, en la posada “El reclusorio” eran malos anfitriones. –¿Qué señor? Quiere pruebas de que soy de Solistahuacan, ahí está mi credencial… mire mis seis hijos nacieron allá… ¿los certificados? Mi mujer los trae… y ¿para que los de ellos? ¿no sería mejor el mío y así se termina esto?… ya le dije no sé quien es Pascual ni Domingo… no, no los asfixie con mis manos… le digo que no soy secretario de nadie, si ni siquiera sé escribir… no se conducir le dije…no he trasladado a nadie… ¿qué quien es mi abogado? Pues Dios mismo que no hay que pagarle… me llamo Ciro Díaz Pérez se lo dije desde el principio…

Mientras esperaba en esa silla sentía como brazos invisibles se le subían por panza, le escarban el pecho, le estrujaban el alma; eran como caricias ásperas que le maltrataban la piel; punzadas agudas le hacían retorcer -tengo hambre don… yo sé que no le importa… ¿qué quiere que me quede más tiempo acá afuera? Estoy cansado señor… ¿la licenciada necesita tiempo?… ¿recibió una notificación de homo…qué?…

Sentado en la silla la nausea agobiaba a Ciro, un par de lagrimas se le escaparon de sus ojos… y esa gotera maldita lo alejaba del sueño. Lo último que vio al entrar a la sala fue a la licenciada sentada en esa silla que parecía también dar caricias ásperas, se estremeció cuando oyó eso de auto de detención preventiva. Ella había dicho que de 6 meses a un año… ya les había pasado a otros, entraban sin saber porqué y se quedaban por mucho tiempo en “posada reclusión”.

El sol despuntaba a lo lejos.

A cien kilómetros de allí, y con las manos adoloridas, después de dos días de sueños agitados se levantaba Ciro Díaz Pérez, su mujer preocupada le había llevado un café caliente a la cama, su hijos jugaban bullosamente en el traspatio, el dolor de cabeza ya había parado… tenía que limpiar la camioneta, ir a la oficina del comisario ejidal y tal vez hoy como otros días trasladar a uno que otro detenido.

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