Cuento: Sol-hilaridad

Tomada por: Miguel Martinez
Tomada por: Miguel Martinez

Sol hilaridad

Me di cuenta de lo que había pasado cuando vi su cara de cerca. Por más afán que se tenga para ocultar el pasado, este terco sale de las entrañas de la tierra… como espíritus telúricos reclamando justicia.

Ella tenía 3 años cuando la vi. Era hermosa, morena, altiva. Su rostro infantil era igual al suyo, quiero decir, era igual al de él. Solo los separaban 15 años de historias, un apellido, la raza y la clase social. Los unía la sangre, sin duda compartían genes. Él era su tío. Cuando supe esto entendí la parte del cuento que no se cuenta y que espero un día ella sepa.

Flor tenía 11 años cuando llegó a esa casa. Su madre fue a llevarla. Dentro de poco se haría una mujer y sin duda su padre disfrutaría de esto como con sus tres hermanas mayores. -“Se la regalo” -fue lo único que pudo pronunciar al entregársela, le dio un beso en la frente y huyó corriendo. Flor nunca la volvió a ver. Ruth, al recibirla quedó perturbada la vio y se dijo – Tiene 11 años, no habla español, tiene piojos, no se baña, es india- maldijo su suerte. No me servirá de mucho pero la necesito, pensó. Todos se lo habían dicho, ese hombre no le convenía, se veía su calaña por encima. Ella era una niña linda y de buena familia, nada tenía que hacer con ese. Era educada, bien hablada, hermosa y además blanca. Tenía la vida resuelta si seguía las instrucciones familiares. Pero cometió el pecado de amor y después de dejarle dos niñas y un ojo amoratado se fue tal cual el pronóstico. El apellido no le servía para comer, su familia le dio la espalda y ahora esa india era el único apoyo que tenia para sacar a sus hijas adelante. Sobre ella descargó su odio. Le enseñó a hablar y a limpiar la casa, al fin era el mejor de los destinos posibles para esa criatura. Flor jugaba con las niñas, planchaba, cocinaba, limpiaba baños y pisos, soportaba gritos y estrujones con tal naturalidad que se hubiese pensado que había nacido para ello. El tiempo pasó y flor se volvió mujer. No había belleza en ella pero si gracia, la gracia de quien ve la vida inocentemente desde la barricada de la resignación. Flor no esperaba nada diferente de su vida, su mundo era la casa, sus reinas eras la niñas, su diosa era Ruth.

Ese día Flor estaba sola, limpiando como siempre a las 9 de la mañana el baño de la habitación real, cuando sintió una presencia en el recinto. Un ser que la doblegaba en tamaño se abalanzó sobre ella, le rasgo el vestido y le sembró estrellas negras en el vientre.

“Vino el papá de las niñas” fue lo único que pudo decirle ese día Flor a su diosa, al fin, eso que le había pasado le pasaba a todas, al menos ella tuvo la suerte de que no fuera su padre el sembrador. Tenía dolor pero igual hizo la cena. Ese día no lloró. Desde entonces Flor siempre cerró con doble tranca la puerta, pero eso no la libró de una que otra aparición terrorífica.

Cuando lo supo sintió nauseas. -Maldita india, maldita vida- fueron los estrepitosos rugidos que la enfurecida diosa profería. -¿Como habrá pasado si no la dejo salir  nunca de acá?- Pensó, pero bien decían, los indios así son. En pocos meses llegaría esa criatura a la casa, con su raquítico sueldo apenas podía mantener las apariencias y ahora tendría que alimentar a otro indio. Lloró.

Era niño y eso le dio el privilegio de permanecer en el palacio. Siempre es útil un varón en casa, puede limpiar y mover cosas pesadas. Jesús creció en ese mundo, con reinas, diosas y flores. Nunca fue más que el hijo de la india, dormía y comía lejos. Las reinas petulantes, nunca vieron que los tres tenían los mismos ojos profundos y tristes. De vez en cuando le daban trabajos. Un día lo vi limpiando el coche de una de ellas y más tarde lo vi jugando tiernamente con la única princesa. Princesa con ojos profundos y tristes, que espero un día conozca esta historia.

El tiempo pasa, está pasando, pasó. “Doña Ruth está listo” le dice Flor mientras le entrega la taza. Las reinas ya no viven en casa, tampoco Jesús, solo están ellas dos, mujeres traicionadas y abandonadas. Saben que nada hubieran podido hacer la una sin la otra. Las une una profunda sol hilaridad. Se odian. Y hoy como desde hace algún tiempo toman café a medio día, eso sí y para que nunca haya una sola duda la taza y la silla de Ruth son inmensas, su odio y su tristeza también, al fin ella no había nacido para eso. Ella había nacido para grandes cosas.

Febrero 28 de 2012

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