Lentes

Hay miles de formas de ver el mundo. Traviesas las cosmogonías sobreviven a la pelambre del tiempo y al embate del imperio que insiste en eliminar de la faz de la tierra las lentes para mirar y admirar. Soy hija del imperio, he de reconocerlo. Occidental es mi lente, lineal y monótona, monoteísta, ateísta cuando mucho. Científica y convencional. Mi lente cosmogónica hace que vea y sienta que el tiempo va de atrás para adelante, haciéndome caminar del pasado al futuro con la cruz acuestas de saber que voy inexorablemente hacia la muerte. He de perdonar el pasado si quiero que el futuro, que esta más allá, sea menos doloroso. He de vivir con intensidad el tan corto presente. He de hacerlo, me repito. Pero ¿y si cambio de lente?, ¿Si concibo, solo por un instante, que el tiempo es una telaraña de círculos interconectados entre sí? ¿Qué tal si pienso que es como un árbol que se ramifica una y otra vez, y que cada rama continua su devenir independiente? Si fuera así, significa que siempre que tomo una decisión en un mundo, en otro mi decisión es contraria por ende lo que el futuro vive también. Por ejemplo, en otro mundo aunque nos amamos, nos hicimos tanto daño que nuestra historia murió para siempre. Paralelamente, en otra rama del tiempo nos amamos intensamente y nunca hubo daño, ni culpas, ni recriminaciones, ni lágrimas. Qué tal si esas ramas se cierran y se hacen círculos, conectadas como telarañas, qué tal si en algún momento nos encontramos todos  los nosotros, es decir, el “tú” y el  “yo” que nos hicimos daño y el “tú” y el “yo” que nos amamos inmaculadamente.  La “yo” que nunca te ha hecho daño le hace el amor al “tú” que partió en mil pedazos mi corazón, te recrimina y te ama con igual intensidad, con violencia y ternura infinita se funde en tu cuerpo, punza tus entrañas; tú solo me miras y te preguntas por qué aunque queriendo no puedes perdonarme. A la vez el “tú” que nunca me hizo daño, le hace el amor al “yo” que deshizo tu corazón, buscando en mi mirada respuestas, explicaciones que desconozco que no puedo ni quiero darte, mientras yo trato de entender porque tus ojos parecen ser inocentes y lo son. Nuestros “yos” entrelazados en la telaraña del tiempo se crean y se recrean, se entregan, se disipan, mientras las telarañas se ramifican y nuestros futuros toman formas inimaginables. Tú y yo amándonos y amando… tú y yo bailando al compás del enmarañado tiempo, amándonos y odiándonos, curándonos e hiriéndonos.

Aunque me asalta la idea de que no haya telarañas ni ramas, que no haya “yos” que no haya nada. Solo un pasado que debo parar de releer y un futuro que tengo que redactar, no hay nada más. Nuestra deformación impide que usemos otras lentes, es así ¿no crees?

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